Torneos Medievales

En la Baja Edad Media y el Renacimiento (siglos XII al XVI), los torneos medievales fueron eventos de competiciones de caballería de la Corte. Estos espectáculos se celebraban en las coronaciones, casamiento de reyes, nacimientos, bautismos, bodas de princesas, conquistas, paces, alianzas, recibimiento de embajadores y personas de gran valía y otros sucesos de menor importancia vividos por la nobleza. Era la diversión de los reyes y nobles.

El día del evento había una gran expectación en el lugar elegido. Se preparaban todos para acudir al sitio señalado deplegando según sus clases y posición gran lujo en vestimentas, trajes, caballos, paramentos, arneses, adornos, armas, etc.

Dada la señal de comienzo al son de instrumentos marciales que alegraban los ánimos de los allí concertados se presentaban los caballeros en la liza con numeroso séquito. Eran muy divertidos y la gente se entretenía viéndolo.

En los Torneos tenían lugar varios juegos de distintos nombres como el carrusel, la quintena, la sortija, además se arrojaban el dardo, rompían las lanzas, etc.

Puntas de lanza

El declive de los Torneos se debió a que Enrique II de Francia, a la vista de su esposa y sus súbditos, cayó herido en la frente por una astilla que saltó de una lanza y murió de la herida. También por la decadencia de la caballería, por la introducción de las nuevas armas con pólvora.

Los caballeros participantes en los torneos medievales seguían un código de conducta, como ser compasivos después de la victoria e inflexibles antes de obtenerla.

Las hazañas de los diferentes combatientes en los torneos, sus proezas, eran asunto de las conversaciones, materia de las canciones y poemas y relatos de hechos históricos importantes y gloriosos.

La cortesía y la galantería que reinaba en aquellos torneos y el deseo de agradar a su dama llevaban al extremo de la intrepidez, hallando en sus damas el único origen de la felicidad de su vida y de no aspirar a más que a mantener, exaltar y extender por todas partes la gloria de ellas y eran también pródigos en alabanzas exageradas.

Las reglas del torneo eran las siguientes:
No herir de punta al contrario con su mano.
No pelear fuera de filas.
No pelear varios caballeros contra uno solo.
No herir al caballo del rival.
Descargar sólo los golpes al rostro y pecho del rival.
No herir al caballero que se alzara la visera.

Las damas elegían un juez de paz para recordar la clemencia cuando por alguna falta de cortesía o violación de las leyes de caballería un combatiente se veía rodeado de varios contrarios.

El vencido y las armas quedaban a disposición del vencedor. Los vencedores eran saludados con frenéticas aclamaciones y con prolongados aplausos al compás de marchas marciales. Los triunfadores eran conducidos a recibir de mano de los jueces o de las damas el justo premio de su victoria. Los premios ofrecidos se ponían a los pies de las señoras de sus pensamientos.

Para terminar se realizaba un banquete en la que los caballeros participantes en el evento eran colmados de atenciones.

En los torneos no solo se ponía en juego el espíritu caballeresco sino que también servían para cultivar el ardor guerrero y prepararse para futuras contiendas militares. Eran unos ejercicios o entrenamientos militares en tiempos de paz.

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Colgante Orden de los Caballeros Templarios

La Orden del Temple, cuyos miembros son conocidos como caballeros templarios, fue una de las más poderosas órdenes militares cristianas de la Edad Media. Aprobada oficialmente por la Iglesia católica en 1129, durante el Concilio de Troyes (celebrado en la catedral de la misma ciudad), la Orden del Temple creció rápidamente en tamaño y poder. En 1307, un gran número de templarios fueron apresados, inducidos a confesar bajo tortura y quemados en la hoguera. En 1312, Clemente V cedió a las presiones de Felipe IV y disolvió la Orden.

En Aragón, la Orden comienza su implantación en la zona oriental de la Península Ibérica en 1130. En 1131, el conde de Barcelona, Ramón Berenguer III, pide ingresar en la Orden. En 1134, el testamento de Alfonso I de Aragón cede su reino a los templarios, junto a otras órdenes, como los hospitalarios o la del Santo Sepulcro. Este testamento sería revocado, y los nobles aragoneses, disconformes, entregaron la corona a Ramiro II, aunque con numerosas concesiones a las órdenes para que renunciaran, tanto de tierras como de derechos comerciales.

Este es un colgante de los Caballeros Templarios con acabados en viejo. Incluye cadena y viene con caja de presentación de terciopelo.

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